miércoles, 5 de julio de 2017

LOS INCENDIOS DEL HABLA



 Dibujos de Michael Borremans


Nunca he sido un gran conversador. 
Las palabras no salen de mi boca con facilidad. 
Tengo que darles un empujoncito, escupirlas con disimulo, como quien tiene algo en su boca que ha entrado allí sin ser visto.
Pero es sencillo. Divido a las personas en dos tipos: con las que me resulta fácil hablar y con las que me resulta imposible hablar. No tiene nada que ver con compartir aficiones, inquietudes, ideas políticas. Simplemente hay personas con las que me pongo a hablar sintiendo el habla como algo tan fluido como agradable, y personas con las que el habla se convierte en algo realmente molesto, como una enfermedad o un accidente, como una faringitis o un esguince de tobillo. 
Luego están las personas que, viendo que soy poco hablador, me azuzan para que hable. Suelen ser personas que hablan mucho y siempre tienen una opinión fundada sobre cualquier tema. A esas las evito. No me molesto en contestarles. 
En mi cerebro suena una alarma contra los incendios del habla. 
Y huyo. 
Hacia adentro.


Pinturas de Michael Borremans:



jueves, 25 de mayo de 2017

YA NADIE ME LEE



 

Ya nadie me lee.

Debe leerse esta frase sin la menor nostalgia.

Ya nadie me lee porque ya no escribo. Ya no escribo porque ya nadie me lee. 
Parece un buen pretexto para dejar de escribir. Casi un trabalenguas. Podría ser la coartada perfecta. El lenguaje trabado. Siempre he buscado una buena excusa para no sentirme mal cuando dejo de escribir durante una larga –largísima- temporada. Ya nadie me lee y no pienso demasiado en ello. Cuando lo hago, cuando pienso en ello sin la menor nostalgia, me digo que La Escritura es quien manda. Ya no escribo porque yo no mando. La Escritura es quien dicta lo que escribo. A veces pasa junto a mí, acaricia mi cuero cabelludo con sus largos dedos, dice algo que no entiendo muy bien. Pero enseguida se aleja. No me da tiempo a despertar del sueño. Cuando lo hago, cuando despierto sin la menor nostalgia, me digo que ya nadie me lee. Me digo que ya nadie me lee porque ya no escribo. Me digo que ya no escribo porque ya nadie me lee. Me lo digo hasta el infinito. Y más allá.

Después, cuando ya no pienso en que ya nadie me lee, escribo.



(Fragmento de mi libro inédito El lenguaje trabado)